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Un domingo de final.
Fragmentos Etnográficos.



Pequeños relatos, construidos con material etnográfico pero con herramientas de la narrativa de ficción. Fragmentos de vida de gente muy distinta que convergen en torno a la final de un campeonato de fútbol amateur.





Autor: René Barriga
Licenciado en Antropología, Universidad de Chile.

e-mail: renatosiaskel@hotmail.com




Revista Chilena de Antropología Visual -
número 6 - Santiago, diciembre 2005 -
192/200 pp. - ISSN 0718-876x.
Rev. chil. antropol. vis.



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Fernando y Sonia.

Fernando apoyó la mano en un árbol para mantener el equilibrio. Sentía la barriga hinchada, a punto de estallar, de tanto beber cerveza tibia. Respiro profundo y recuperó el semblante. Se irguió y continúo su camino a casa.

Cuando entró se cruzo con su hija Marcela.

- Menos mal que llegó. La mamá no quería acostarse hasta que llegará, si parece cabro chico- lo increpó. Representaba más edad que sus catorce años.

Fernando no supo que contestar y se dirigió a la sala donde estaba Sonia viendo televisión.

- ¿Qué tal? ¿Cómo te fue?-.
- Bien – contestó él. -¿Te duele la cabeza?-.

Ella asintió.

- ¿Te sirvo comida?- Quedó algo de pollo asado.
- No gracias no tengo hambre- respondió Fernando.

No pudo evitar sentirse algo molesto, con lo que él consideró como un gesto de indiferencia por parte de su mujer, al no preguntarle por el resultado de la final.

- ¿Te ocurre algo?- le preguntó Sonia.
- No -.

Sus amigos pensaban que su mujer era una arribista, no se lo decían, pero él sabía que lo comentaban. Nunca iba a la cancha y sólo se aparecía por la sede del club para los bingos.

- ¿Me imagino que perdieron? Como vienes llegando a esta hora y con esa cara -.
- Ganamos en definición a penales -.
- ¿Y porqué volviste tan temprano entonces?-.

Fernando nuevamente se quedó sin saber que decir. Mañana tenía que levantarse temprano a trabajar, se sentía cansado y no tenía ánimo de sentirse cuestionado.

- Me carga cuando llegas tan borracho que ni siquiera eres capaz de articular la más mínima conversación -.

Fernando sintió que algo hervía en su garganta. Quiso decir algo pero no pudo abrir la boca.

- Ya anda a acostarte mejor- dijo su mujer.

Fernando permaneció un momento más sin moverse. Luego, sin pronunciar palabra alguna dio la media vuelta y se fue a acostar.
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El Juan K.

Un joven con una polera de Homero Simpson, se acerca al grupo donde esta el Juan K.

- Juan K véndeme un paquete en siete gambitas-.
- Valen luca y vos sabis que no se fía – contesta el Juan K, moviendo los brazos como en un vídeo de rap gansta-.
- Ya puh loco, no seai así-.
- Hazte una vaca con los cabros, como no van a tener tres gambas-.
- ¡Terrible de cagado el rapero al peo! – grita el muchacho cuando se aleja.

El Juan K lo mira algo molesto y sorprendido, enciende la gruesa cola de un pito de marihuana y piensa “este cabro no sabe con quien se esta metiendo”-.

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Doris y José.

Los niños juegan correteándose en un extremo de la cancha.

Doris que aprieta contra su pecho a la pequeña María, de tan solo tres semanas, grita:

- ¡Matías, dejen de meterse a la cancha mientras están jugando!-.

Sin embargo, los niños siguen metiéndose a la cancha cuando la pelota está en otro punto del campo de juego, fantaseando con goles imaginarios frente a los esfuerzos inútiles de un arquero desesperado.

Doris se levanta de su puesto en la primera fila de la gradería para atrapar a Matías, de cuatro años, arrastrarlo y sentarlo a su lado ignorando sus protestas. Matías solloza silenciosamente mientras sigue en silencio el partido que juegan sus amigos en una realidad paralela. Lo suelta un momento para limpiar a la pequeña María que tiene el cuello lleno de baba, situación que el niño aprovecha para lanzarse tras sus amigos a convertir goles fantásticos. Doris lo ve alejarse con resignación y se pregunta si está educando bien a sus hijos.

Aunque Doris ha disfrutado de la tarde con la expectativa de la final y las conversaciones con sus amigos y vecinos, está enfadada con su pareja, José. Le molesta, que él la deje sola con los niños y se instale en una esquina a fumar marihuana y tomar cerveza. En realidad, la pone furiosa pero no sabe que hacer con esa rabia.

Hace tres semanas que nació María y él sigue de farra cada momento que tiene libre del trabajo y el sueño, usando como pretexto la celebración de su nacimiento. Ni siquiera ha sido capaz de arreglar la grifería de la cocina y hace una semana que tiene que lavar la loza en el lavamanos del baño.

María interrumpe las cavilaciones de su madre con un quejido agudo. Antes que llore, Doris se descubre un seno y le pone el pezón en la boca a la niña que empieza a chupar con fuerza.
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El Toño y el Mono.

El Toño y el Mono están comprando cerveza en una botillería frente a la cancha.

- Tenís que bajar al Pepe al medio campo y meter al Chico de titular- dice el Mono subiendo la voz.
- ¡Y sacar al Guatón! Estái loco no tení idea de fútbol-.

El Toño tiene treinta y siete años, dos menos que el Mono. Ambos jugaron en la Serie Juvenil del Fusco y ganaron un campeonato en la década de los ochenta, ninguno recuerda bien el año, pero los dos recuerdan con absoluta claridad sus mejores jugadas.

- Jugamos la final contra Los Chicos Malos de la Santa Julia y les ganamos tres dos en la cancha de ellos ¡Esa sí que fue una final!-.

El Toño se probó en las divisiones menores de Colo Colo, pero como no quedó seleccionado se fue a probar a Palestino donde estuvo casi un año, hasta que se aburrió de hacer banca y de los largos viajes en micro y lo dejó.

- Yo jugaba de líbero, era fuerte pero muy chico para el puesto, por eso no me ponían de titular-.

El Mono realmente nunca fue muy bueno para jugar fútbol, pero en esos años, antes de que su gusto por el alcohol, las drogas y la televisión se convirtieran en lo central de su vida, era muy rápido y tenía una gran capacidad física. Cumplía en la mitad de la cancha correteando rivales y repartiendo patadas. Al verlo hoy en día con una panza enorme, cuesta imaginárselo corriendo tras un balón.

Ambos caminan lentamente arrastrando los pies y los recuerdos por la acera polvorienta. En la puerta, único acceso autorizado a la cancha, hacen un gesto cómplice al gordo que está cobrando una entrada de quinientos pesos por persona. El gordo asiente con la cabeza.

- ¿Cómo está don Nano?-.

El gordo responde con una mueca apenas perceptible, seca e indescifrable y los deja pasar. El estadio está prácticamente lleno.

Los dos amigos saludan sin mucho entusiasmo a algunas personas y se instalan en un lugar algo retirado de las graderías. Se sientan sobre unas piedras y abren una de las cervezas que llevaban. El Mono saca de su bolsillo un pito y lo enciende, luego de darle un par de fumadas se lo pasa al Toño.


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Ana y Manuel.

Ana despertó temprano esa mañana. Se levantó apurada y corrió a la feria que los domingos se instala a sólo dos cuadras de su casa. Compró un kilo de almejas, limones, cebollas, cilantro, perejil y ají verde. Y, de prisa pero con esmero, antes de que se levantara su hijo Manuel, limpió las almejas, cortó finamente las verduras, mezcló todo con jugo de limón y lo aliñó con sal, pimienta y un poco de aceite.

- Para que le dé energía-.

Manuel también se levantó temprano. Por primera vez en muchos sábados no salió por la noche y trato de dormirse, pero en su mente se mezclaban sueños de gloria donde anotaba el gol del título en el último minuto con tenebrosas imágenes de oportunidades desperdiciadas frente a un arco desguarnecido, lo que lo mantuvo despierto hasta bien entrada la noche.

Manuel tiene 19 años, viven juntos con su madre en una pequeña casa, dos piezas y un baño, la cual arriendan en lo que alguna vez fue el patio de la casa principal, en la población Fusco de la comuna de Macul.


Lo que hoy queda de ese patio es un pequeño corredor de tierra que separa las dos casas, donde sólo crece un escuálido limonero y algo de maleza.

- Está buenísimo, gracias mamita-.


Ana sonríe satisfecha al ver como su hijo repasa el plato con un trozo de pan. Manuel se levanta y abraza a su madre.

- Hoy voy a hacer el gol del triunfo mamita y va a ser para ti-.

La mujer se estrecha a su hijo y recuerda aquel día en la playa hace muchos años. Manuel estaba recién aprendiendo a caminar y perseguía una pelota por la arena cayéndose constantemente, su padre corría a su lado y le ayudaba a levantarse. El niño reía a carcajadas, no podía saber que ese sería el último paseo con su papá. Sin darse cuenta Ana comienza a llorar.

- ¿Pero qué pasa mamita?-
- No me haga caso hijo, la menopausia me tiene muy sensible-.




René Barriga




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Un domingo de final.
Fragmentos Etnográficos.



Shorts stories, made from etnographic material, using tools from fictional narrative techniques. Fragments from the lives of very different people that come together on account of amateur tournament foot ball final.





Autor: René Barriga
Licenciado en Antropología, Universidad de Chile.

e-mail: renatosiaskel@hotmail.com




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número 6 - Santiago, diciembre 2005 -
192/200 pp. - ISSN 0718-876x.
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